Incluso la viuda del campesino dijo que una noche su esposo Peter volvió a su casa exigiendo sus zapatos; los que aseguraban haberlo visto, dijeron que no presentaba alguna señal de descomposición.
Para acabar con la superstición de que Plogojowitz venía de la tumba para llevarse a los demás, los oficiales prusianos con el permiso correspondiente, exhumaron el cadáver y se llevaron una sorpresa.
El cuerpo de Peter Plogojowitz no presentaba la mínima señal de descomposición, no olía mal a pesar de que llevaba varios días de muerto. Su nariz se veía caída, y su piel se notaba algo arrugada pero aún en buenas condiciones; y lo más tenebroso: en su boca se apreciaba sangre fresca, la cual se cree era de sus víctimas.
De acuerdo al testimonio del notario, los oficiales afilaron una estaca y se la pusieron en el corazón, del cual, al ser atravesado, surgió abundante sangre fresca, así como de sus oídos y de su boca. El cuerpo de Plogojowitz realizó algunos movimientos, pero no abrió los ojos ni gritó. Luego quemaron el cuerpo hasta reducirlo a cenizas.





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