La historia de esta noche no tiene nada de divertido, al menos para sus tres protagonistas.
Os anticipos que todos están muertos.
Lo que quiero que conozcáis, es la manera en que murieron.
Os presento a Iban de veintisiete años, Silvia de veinticinco años y su hermano Alberto de tan solo veintidós años.
La noche comenzó en una concurrida zona de copas, en la noche vieja de 1999, anticipo al nuevo milenio.
Música, amigos, drogas, alcohol.
Bueno, era la forma que habían elegido para divertirse.
Pero no era suficiente, se habían cansado de aquel lugar, querían experimentar algo nuevo.
Después de una noche repleta de excesos.
Fueron a parar a un cementerio.
Lugar donde el destino les tenía reservada una cita con su propia muerte.
—Tío as dicho íbamos a un sitio cojonudo, —replico enfadado Alberto—, a mi esto me da mal rollo.
—Venga siempre has sido el cagón de la familia, eso nunca cambia, —dijo Silvia—.
—¿no me digáis que esto no os pone?, bajo nuestros pies hay cientos de muertos, —dijo Iban—.
—Te garantizo que a mí me ponía más la camarera del garito, —dijo Alberto—.
—jajaja, también siempre has sido el salido de la familia, —le contesto Silvia—.
—¡Fijaos!, mirar esta lapida, este pavo murió solo hace dos semanas, —dijo Iban—.
—murió solo con treinta años, —dijo Silvia—.
— Se me está ocurriendo algo cojonudo, ¿os propongo un juego?, —dijo Iban entusiasmado —.
—¿una carrera hasta el coche?, —se apresuró a contestar Alberto—.
— Veréis, que os parece si nos separamos cada uno por un lado, se trata de encontrar la lápida con el tío que lleve menos tiempo enterrado, —dijo Iban—.
—Joder Iban, que hace un frió de pelotas y además que aquí debe haber un guarda o algo así.
—ya está el cagón, —apuntillo Silvia—, a mi me mola, yo juego.
—venga, y te presento a la rubia del bar, —dijo Iban intentando convencerlo—.
—mmm, que decías que teníamos que hacer, —dijo Alberto convencido—.
— Ya son más de las doce así que ya estamos en año nuevo, quedamos aquí en diez minutos y el tiempo comienza ya, —dijo Iban—, dando comienzo al macabro juego.
Los tres comenzaron ese juego de tan mal gusto que los llevaría directos a su propia tumba.
Nombre a nombre, fecha a fecha, fueron pasando por la memoria de múltiples personas, como si solo fueran números y letras.
Olvidando que bajo esa tierra había personas, que merecían un mínimo de respeto.
En apenas unos minutos, los tres estaban suficientemente distanciados como para no verse entre ellos.
Algo hizo que Alberto detuviera su búsqueda, a unos veinticinco metros entre dos lápidas algo se había movido.
—¿Iban eres tú?, —dijo Alberto asustado—, ¡Silvia!, si todo era una coña para reíros de mí no me hace gracia.
Avanzo unos metros más, y entonces, comenzó a escuchar el llanto de un niño.
—Quién anda ahí, —dijo Alberto con voz entre cortada—.
Los llantos venían de una pequeña lápida blanca situada detrás de unos arbustos decorados con forma de animales.
Cuando Alberto estuvo a solo un par de metros de la lápida los llantos cesaron.
No había nadie.
Aunque lo que el joven vio no fue nada tranquilizador.
Sobre la lápida una pequeña placa blanca en la que se podía leer, “Bruno martín. 1973-1980”.
Bajo esa placa yacía el cuerpo de un niño de tan solo 7 años.
Quizás el niño que lloraba.
—¡Iban!, ¡Silvia!, —grito Alberto asustado—.
Silvia escucho a lo lejos la voz de su hermano.
—¡joder será cagón macho!, —dijo Silvia cabreándose—.
Pero hizo caso omiso y siguió el juego.
La joven detuvo su búsqueda, había alguien allí y no era su hermano, acaba de escucharlo a lo lejos, y tampoco era Iban, aquella figura era de un hombre mucho mas alto y llevaba una capucha como parecía dibujar su sombra.
Silvia rápidamente se escondió entre dos tumbas, se asomó para intentar ver de quién era esa figura.
Todo estaba muy oscuro apenas podía ver nada.
Pero de lo que sí podía estar segura es de que aquella presencia caminaba directamente hacia la posición donde ella se encontraba.
Se arrastró como pudo entre dos lapidas,buscando una salida para alejarse.
Cuando volví a mirar, la extraña figura con capucha había desaparecido.
Sin pensarlo se levantó y salió corriendo a toda prisa.
Mientras, Iban perseguía la fecha más cercana aquel día 1 de enero.
Cuando de pronto, el ladrido de un perro que corría hacia el interrumpió su búsqueda.
—¡Mecaguen la puta!, —exclamo Iban sobresaltado—.
Corrió hasta un panteón cercano, y escalo a lo mas alto, eran unos 3 metros.
El perro permaneció allí durante un tiempo, hasta que la llamada de alguien quien parecía ser su dueño lo alerto, y se perdió en la oscuridad.
Silvia después de su extraña experiencia con aquella sombra siguió buscando Alberto.
Encontró a su hermano frente a dos tumbas.
Estaba allí, de pie, completamente inmóvil.
Mirando fijamente una placa incrustada en una enorme cruz que se alzaba desde una lapida.
—¿Has encontrado algo?, creo que me he topado con el guardia, —dijo Silvia sin percatarse bien de su hermano—.
Alberto estaba cubierto en lágrimas, de su cara había desaparición toda expresión.
Silvia dio un grito que llego a oídos de Iban.
Este después de comprobar que el perro ya no estaba en las cercanías salto del panteón con la intención de ir en ayuda de sus amigos.
Corría torpemente, sin dejar de mirar a todos lados, se levanto un viento que hacia mover los arboles dibujando caprichosas formas.
Eso no ayudaba a mantener la calma.
En un momento, y por sorpresa el perro que antes le persiguió apareció delante de él.
Del susto cayó delante de una lápida.
Cuando levanto la mirada, el tiempo se paró, no se oían los ladridos del perro, aunque estaba allí, había algo que era mas perturbador que ese animal.
Había caído frente una tumba en la que podía leerse una inscripción, “Iban Martín, 1 junio 1972 – 1 enero 2000”, junta dicho epígrafe una foto de el mismo.
Aquel momento, aquel lugar tomó una dirección diferente.
El silencio se apoderó de la mente de Iban,
veía a el perro, pero yo no escuchaba sus ladridos.
Entonces, un hombre con un chubasquero y capucha se acerco al animal y le puso una correa, sin percatarse de la presencia de Iban, que permanecía apenas a medio metro, acurrucado en su propia tumba.
Como dije al principio, después de una noche repleta de excesos fueron a parar a un cementerio, donde el destino les tenía preparada una cita con su propia muerte.
El alcohol, las drogas, la manera de divertirse y su poco sentido común les hizo estrellarse contra un árbol justo delante de la puerta del cementerio.
También os dije que los tres estaban muertos, Silvia y Alberto también encontraron sus respectivas tumbas con sus nombres y fotos.
Una cosa más, el titulo dice los cuatro del campo santo, ellos solo eran tres, yo soy el cuarto. Les cuento esta historia sentado en mi propia lapida.
Soy el guarda del cementerio, y mi trabajo es recibir a los nuevos inquilinos.
JAJAJA.





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