El amo de las brujas.

 




En una aldea alejada, cubierta de bosques frondosos, la tragedia se cebaba con sus habitantes.

Tres niños de la comunidad habían desaparecido en menos de dos meses sin dejar rastro alguno.

El sacerdote, el padre juan. echaba la culpa a tres mujeres vírgenes que viudas en una cabaña junto al arroyo vivían.

Estaba obsesionado con sus artimañas curanderas y deshacedoras de los entuertos, empachos, tristezas y mal de amores.

Marchaban por el monte en las noches de luna para conjurar con el diablo después de haber bebido y comido de ciertas plantas.

Se despojaban de toda ropa quedándose desnudas mientras bailaban al calor del fuego eterno, para fornicar entre ellas y con pobres hombres hechizados o con animales.

Según apuntaban las malas lenguas, ellas eran las causantes de los horrores de las últimas fechas.

Lo que realmente le corroía al sacerdote y las maldecía constantemente, era por un deseo carnal sobre ellas, la soledad de sus votos, sus hermosos cuerpos hacían que el cura tuviera pensamientos lascivos y perversos con ellas.

Y provisto de su jofaina de agua bendita, hacia aspavientos con su rosario por las puertas de las casas, haciendo la señal de la cruz y gritando…

”! creer en el todo poderoso!, ¡arrodillaros ante dios!, ¡no sucumbáis al pecado o arderéis en el infierno!, ¡no miréis a las mujeres a los ojos!, ¡quemar a las brujas devora niños!”

Aquellas gentes temían más al castigo divino que a las concubinas de satán.

La mayoría pensaba que la lujuria era una maldición.

Protegerse y proteger sus casas ante el mismísimo diablo,la cuestión era temer.

Como siun miedo espantase al otro, jóvenes ingenuos gentes ignorantes.

Aquella misma noche, mientras el párroco dormía plácidamente en su choza, una leve brisa lodespertó, unas voces femeninas lo atraían hacia la puerta diciendo con voz sensual y sigilosa, que fuera que lo necesitaban a él, él era su amo.

Se dispuso a salir acompañado de un candil atraído extrañamente por aquellas voces tan eróticas.

Se adentró entre los espesos árboles y junto a la cueva llamada el vientre del diablo, la noche iluminada un claro del bosque.

Allí encontró la pecaminosa escena, la luna era inmensamente grande.

Tres bellas hembras bailaban y reían como dios las trajo al mundo.

Quedo hipnotizado contemplando lo que tenía ante él.

Se arrodillo y suplico a los cielos que el diablo no lo llevara con él.

Mientras las mujeres lo agarraban de su camisón sentándolofrente a la lumbre,el párrocoenloquecía entré delirios y alucinaciones con los cánticos mágicos y sus cuerpos desnudos frotándose contra el suyo.

Mientras excitado y babeando por el éxtasis y la lujuria, una de las brujas se había colocado detrás y mientras le mordisqueaba la oreja y le introducía la lengua hasta el mismo tímpano y le iba pellizcando los pezones, otra se colocó a su lado y le cogió la mano, acercándola a su sexo le obligo a meterle tres dedos, se movía con serpenteantes movimientos e iba notando como corría la excitación de esta por la palma de su mano, la tercera se arrodillo ante él y escondió su cabeza debajo del fino camisón, hasta profanar lo más íntimo de su celibato, solo podía intuir lo que hacía por el movimiento de su camisón.

Los ojos parecían le iban a dar la vuelta dentro de sus cuencas mientras observaba la dantesca escena.

Los pucheros hervían sangre y pequeños trozos infantiles de carne sobresaliente de aquel horrendo puchero, quiso gritar, horrorizado, pero lo más profundo de su ser no quería hacerlo, no quiera que aquello acabara, incluso la sangre le estaba excitando.

Vio entonces unos ojos brillantes, los ojos de una bestia que deslumbrabanen la oscuridad de la noche.

Las brujas se apartaron gimiendo y emitiendo leves gruñidos y ya no pudo moverse del miedo.

Casi sin percatarse que el cuerpo de un varón desnudo alto y robusto como un toro, con los cuernos de macho cabrío y unas largas pezuñas, sonreía sarcásticamente.

La voz del diablo atronó su mente.

—Eres mi siervo, pues hombre eres, póstrate ante mí, —dijo el diablo con una sonrisa espeluznante—, yo te perdono.

Alzando sus manos al cielo el engendro.

En esos momentos, la habilidad de una de las mujeres seccionó su yugular con la hoja de una hoz afilada, entre risas.

Todos bebieron su sangre como fieras hambrientas.

Mientras seapagaba su vida como la luz de su candil.

Disipándose entre las sombras, mientras los lobos aullaban.

La luna se cubrió con un manto oscuro, y nadie volvió a ver al párroco de la aldea.

Sólo las campanas de la ermita doblaron durante días.

Hasta que, transcurridos unos meses, un joven cura llego a la comarca.

Se dice que tres mujeres viudas del pueblo siempre visitan la ermita.

Fieles leales al cura, y que se escuchan misas nocturnas en su interior.

Se contaba que todas quedaron preñadas a la vez, y que la aldea poco a poco quedó en el olvido.

Como si el tiempo, se hubiera detenido en aquel angosto lugar.

 

A. MIRALLES.

 


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